12 de abril de 2008

El Hermano Mayor




Knecht comenzó el estudio de la lengua china y de los clásicos en el famoso Instituto para el Asia Oriental, que desde muchas generaciones estaba incorporado a la colonia estudiosa de los filólogos de la antigüedad, en San Urbano. Allí mismo hizo rápidos progresos en la lectura y en la escritura, trabó relación amistosa con algunos chinos que trabajaban allí y aprendió de memoria una cantidad de canciones de Chi King, cuando en el segundo año de su permanencia comenzó a interesarse con creciente intensidad, por el I Ging, el libro de las trasmigraciones o las metamorfosis. Los chinos le brindaron toda clase de informaciones, dada su insistencia, pero ni la menor introducción o iniciación; el Instituto carecía de maestro para ello, y cada vez que Knecht presentaba el pedido de que se le proveyera de profesor para ocuparse fundamentalmente con el I Ging, se le habló del Hermano Mayor y de su ermita. Josef había observado perfectamente que con su interés por el libro de las trasmigraciones tendía a un terreno del cual muy poco se quería saber en el Instituto; se tornó más prudente en sus averiguaciones y como se esforzara todavía para obtener informaciones acerca del legendario Hermano Mayor, no dejó de comprender en seguida que este ermitaño gozaba, sí, de cierto respeto y aun de cierta fama, pero más como foráneo extravagante que como sabio. Sintió que en este caso debía ayudarse por sí solo, terminó lo más rápidamente posible un trabajo de seminario ya comenzado y se despidió. Se encaminó a pie hacia la región en que ese ser misterioso levantara un día su cabaña de bambú; tal vez fuera un sabio, un maestro, tal vez un loco. . .
Acerca de él pudo saber lo que sigue: Un cuarto de siglo antes, aproximadamente, el hombre fue el estudiante de más porvenir de la sección china, parecía nacido para esos estudios y tener vocación; superó así a los mejores maestros, ya fueran chinos de nacimiento o bien occidentales, en la técnica de la escritura con pincel y en el descifrar antiguos escritos, pero llamó un poco la atención por el entusiasmo con que trataba de convertirse también exteriormente en chino. Así se dirigió tercamente a todos los superiores, desde el director de un seminario hasta los grandes maestros, no ya con sus títulos y el tratamiento prescrito, como lo hacían todos los estudiantes, sino con la alocución: “Mi hermano mayor”, denominación que al final le quedó pegada como apodo burlón, para el resto de su vida. Especial cuidado dedicaba el hombre al juego profético, a los oráculos del I Ging, cuyo manejo dominaba magistralmente con el auxilio del tradicional tallo de la milenrama. Juntamente con los antiguos comentarios al libro de los oráculos, su libro preferido era el de Chuang Dchi. Evidentemente, el espíritu racionalista y tendencialmente antimístico estrictamente fiel a Confucio, en la sección china del Instituto, como lo conociera Knecht, debió hacerse sentir ya en esos años, porque el Hermano Mayor abandonó un día la casa y comenzó a vagabundear, armado de pincel, platillo para la tinta y dos o tres libros. Llegó hasta el sur del país, fue huésped aquí y allá de Hermanos de la Orden, buscó y halló el sitio adecuado para su planeada ermita, logró con obstinados pedidos y solicitudes verbales tanto de las autoridades civiles como de la Orden el derecho de cultivar el sitio como colonizador, y desde entonces vivió allí en un idilio organizado estrictamente a la manera china, ora ridiculizado como lunático, ora venerado como una especie de santo, en paz consigo mismo y con el mundo, pasando sus días en la meditación y copiando viejos rollos, en cuanto no tenía que dedicarse al trabajo en su ermita que protegía contra el viento del norte al pequeño jardín chino cuidadosamente plantado.

Hacia allá, pues, marchó Josef Knecht, con frecuentes descansos y seducido por el paisaje, que aparecía ante sus ojos azul y lleno de aromas desde el sur, apenas superados los pasos montañeses, con asoleadas terrazas de vides, muros grises habitados por lagartijas, imponentes bosques de castaños, sabrosa mezcla de país meridional y alta montaña. Fue avanzada la tarde cuando llegó a la ermita del soto de bambúes; entró y vio con sorpresa un pabellón chino en un jardín maravilloso; una fuente cantaba a través de caños de madera, el agua que corría por un lecho de guijarros llenaba allí cerca un cuenco de mampostería, en cuyas resquebrajaduras crecía el verde y en cuya agua tranquila y clara nadaban dos carpas doradas. Las hojas de bambú ondeaban suaves y delicadas sobre las esbeltas y fuertes cañas, el césped estaba sembrado de lajas en que se podían leer inscripciones en estilo clásico. Un hombre delgado, vestido de tela de color gris amarillento, con lentes sobre los ojos azules expectantes, se levantó de un cantero de flores, sobre el cual había estado acurrucado, vino lentamente hacia el visitante, no hostilmente, pero con ese torpe temor que muestran a veces los reservados y solitarios, dirigió la mirada inquisitiva hacia Knecht y esperó lo que éste podía decir. Josef pronunció con cierta timidez las palabras chinas que había pensado para su salutación.

—El joven discípulo se permite presentar su homenaje al Hermano Mayor.

—Bienvenido el huésped bien educado —contestó el Hermano Mayor—; siempre es bienvenido para mí un joven colega para que tome conmigo una taza de té y converse alegremente conmigo, y también puede encontrar un lugar para pasar la noche, si lo desea.

Knecht hizo el kotao y agradeció; fue conducido al interior de la casita y convidado con té; luego le fue enseñado el jardín, las piedras con las inscripciones, el estanque, los peces dorados de los que se le dijo la edad. Hasta la hora de la cena permanecieron sentados debajo de los bambúes ondeantes, intercambiaron cortesías, versos de canciones y sentencias de los clásicos, contemplaron las flores y gozaron del crepúsculo rosado que se marchitaba en las curvas de las montañas. Entonces regresaron a la casa, el Hermano Mayor trajo pan y fruta, frió en el minúsculo hogar sendas tortillas sabrosas para él y para el huésped, y después de comer, el Hermano interrogó en alemán al estudiante acerca del motivo de su visita, y éste narró en alemán cómo había llegado hasta allí y lo que le interesaba, es decir poder quedarse allí todo el tiempo que el Hermano Mayor lo permitiera, para ser su discípulo.

—De esto hablaremos mañana —dijo el ermitaño y ofreció al huésped una yacija. Por la mañana, Knecht se sentó al lado del cuenco de agua de los peces dorados, fijó sus ojos en el pequeño y fresco mundo de sombra y luz, y de colores mágicamente reflejados, hasta abajo donde se movían los cuerpos de los dorados en el azul verdoso oscuro y la sombra de tinta, y de vez en vez, precisamente cuando todo el mundo parecía hechizado y dormido para siempre y perdido en la lejanía del ensueño, despedían a través de la adormecida tiniebla relámpagos de cristal y oro con un movimiento suavemente elástico y, sin embargo, alarmante. Miró abajo, cada vez más hondo, soñando más que contemplando, y no se percató de que el Hermano Mayor salió de la casa con pasos leves, se detuvo y se quedó observando largo rato a su huésped tan ensimismado o absorto. Cuando, finalmente, Knecht se levantó, percibiendo su ausencia, aquél ya no estaba allí, pero casi en seguida su voz lo invitó a tomar el té, desde el interior de su casucha. Cambiaron un breve saludo, bebieron el té, se sentaron y escucharon en la paz de la mañana la música del hilillo de agua de la fuente, melodía de la eternidad. Luego el ermitaño se levantó, se entretuvo en algunos quehaceres aquí y allá en la habitación de construcción irregular, echó de paso una guiñada a Knecht y preguntó de pronto:

—¿Estás preparado para calzar otra vez tus zapatos y seguir viaje?

Knecht titubeó, luego contestó:

—Si así debe ser, lo estoy.

—Y si te ocurriera quedarte aquí por breve tiempo, ¿estarías dispuesto a prestar obediencia y a quedarte quieto como un pez dorado?

El estudioso contestó una vez más que sí.

—Está bien —dijo el Hermano Mayor—. Colocaré las varitas e interrogaré el oráculo.

Mientras Knecht, sentado, observaba con tanto respeto como curiosidad, manteniéndose quieto “como un pez dorado”, aquél sacó de un cubo de madera, suerte de carcaj más bien, un manojo de varitas; eran tallos de milenrama; los contó con atención, volvió a poner en el recipiente una parte del hatajo, dejó un tallo aparte, dividió loa restantes en dos montoncitos iguales, conservó uno en la mano izquierda, con la derecha tomó del otro, con afilados dedos sensitivos, pequeñísimos haces, los contó y apartó, hasta que quedaron pocos tallos, que apretó entre dos dedos de su izquierda. Después de reducir a pocos tallos un manojo en esta forma, contándolos ritualmente, procedió de idéntica manera con el otro. Dejó los tallos contados, repasó uno y otro de los hacecillos, contó y apretó los reducidos restos entre los dedos, que lo realizaron todo con tranquila y parca agilidad: parecía aquello un juego de destreza, misterioso, regido por severas normas, practicado mil veces y llevado a plenitud de virtuoso. Después de haber realizado varias veces esta operación, quedaron tres diminutos hacecillos; dedujo un signo del número de sus tallos y lo anotó con su fino pincel en una hojita. Y volvió a comenzar todo el complicado proceso; las varitas fueron divididas en dos manojos iguales; el anciano apartó los tallos, metió algunos entre los dedos, hasta que al final quedaron nuevamente tres pequeños rimeros, cuyo resultado fue un segundo signo. Movidos como en una danza, los tallos se golpearon con un ruidito seco muy leve, cambiaron de lugar, formaron hacecillos, fueron separados y contados otra vez, se desplazaron rítmicamente con fantasmal seguridad. Al final de cada ejercicio, el pincel anotó un signo, para concluir con seis líneas de notaciones positivas y negativas, superpuestas. Los tallos fueron recogidos y colocados cuidadosamente otra vez en su recipiente; el mago se acurrucó en el suelo sobre una estera de junto: delante de él tenía el resultado de la consulta formulada al oráculo, resumido en una hoja, que contempló largo rato en silencio.


—Es el signo de Mong —dijo—. Este signo tiene nombre: locura juvenil. Arriba el monte, abajo el agua, arriba Gen, abajo Kan. Al pie del monte brota la fuente, símbolo de juventud. Mas la sentencia dice:


La locura juvenil logra triunfar.

No busco al joven alocado,

es él quien me busca a mí.

Contesto al primer oráculo.

Molesta si pregunta de nuevo.

Si molesta, nada contesto.

La insistencia desafía...


En tensa atención, Knecht estuvo conteniendo el aliento. Cuando se hizo el silencio, respiró profundamente, sin querer. No se atrevía a preguntar. Pero creyó haber comprendido: el joven alocado había sido aceptado, podía quedarse. Mientras estaba todavía aprisionado y hechizado por el sublime juego de títeres de los dedos y las varitas, al que había asistido todo ese tiempo y que parecía tan convincentemente significativo, aunque no se pudiera adivinar su sentido, el sucedido se apoderó de él. El oráculo había hablado, había decidido a su favor.

No hubiéramos descrito con tantos pormenores el episodio, si el mismo Knecht no lo hubiese contado a menudo con cierta satisfacción a amigos y discípulos. Reanudemos ahora nuestra narración objetiva. Knecht permaneció largos meses en el soto de bambúes y aprendió a manipular los tallos de milenrama casi con la misma perfección que su maestro. Éste lo ejercitó todos los días durante una hora en la cuenta de los tallos, lo inició en la gramática y en la simbolística del idioma del oráculo, le enseñó para que supiera escribir y conocer de memoria los sesenta y cuatro signos, le leyó páginas de los antiguos comentarios y le contó sucesivamente, en días especialmente favorables, historias de Chuang Dchi. Además el discípulo aprendió a cuidar el jardín, a lavar los pinceles, a raspar la tinta china en barras; también a preparar sopa y té, a recoger leña, a tener cuenta del tiempo y manejar el calendario chino. Pero las tentativas espaciadas de Knecht para interesar al Hermano Mayor en sus parcas conversaciones por el juego de abalorios y la música, fueron completamente vanas, parecían dirigidas a un sordo o fueron rechazadas con una sonrisa indulgente o contestadas con máximas, como “Nubes densas, nada de lluvia” o “El noble no tiene mancha”. Mas cuando Knecht se hizo enviar desde Monteport un pequeño clavicordio y todos los días estuvo tocando una hora, no hubo oposición alguna. Una vez confesó a su maestro que quería lograr ser capaz de adaptar el sistema del I Ging al juego de abalorios. El Hermano Mayor se rió:

—¡Manos a la obra! —exclamó—. Es posible colocar en el mundo un hermoso bosquecillo de bambúes. Pero me parece muy problemático que un jardinero pueda poner el mundo en su soto.

Mas, basta de esto. Citaremos solamente que el Hermano Mayor, algunos años más tarde, cuando Knecht era en Waldzell una personalidad muy estimada, fue invitado por éste a aceptar un curso, pero el curioso sabio ni contestó siquiera.

"El Juego de Abalorios" - Hermann Hesse


7 comentarios:

  1. ooohhhhh! no había leído esto! qué bello. Esto son de esas cosas que llamo dolorosamente bellas porque se acercan tanto tanto que uno puede sentir el perfume de la flor. Casi que uno la alcanza de la mano de Hesse.
    Gracias Javier.

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  2. Viste? Es una belleza. Bueno Hesse es todo así, saludos

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  3. Uahooo! Voy a leer el libro de Hesse. Gracias!

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  4. Gracias Tegalarius, por recordar que existe tanta belleza en los escritos de H. Hesse, y aprovecho para agradecer tu dedicación a este texto que tanto bien me ha ofrecido a lo largo de casi toda mi vida, y aunque acabo de encontrar hoy tu Blog, ya me ha hecho verte un poco como ¨Hermano Mayor¨ ja ja ja (con todo mi cariño). Abrazote. Juan V. C.

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  5. Me alegro mucho que te haya gustado. Hesse bien puede ser un hermano mayor de todos nosotros... cada uno en su ruta, un poco peregrinos en viaje al oriente.
    Un abrazo

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  6. hola,quisiera saber,porque,los hexagramas 35,36,37,38,39,no existen en el i ching del amor,gracias,salud

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    1. Hola, no existen en este blog porque todavía no los subí. En breve estará completo. Saludos

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